Pocho Vive. La lucha sigue.

Publicado en 18 diciembre, 2011

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Algo leí. Algo me contaron un par de amigos. No viene al caso. Pocho Lepratti era un militante social de la niñez desposeída, humillada, ignorada, oprimida. De esos chicos sin voz. Pero con mucho hambre. Pocho era una guía, una fuente de inspiración, esos tipos que los pibes llegan a amar enseguida y sin pliegues. Es que Pocho no los tenía. Compinche, cercano, afectivo y presente diariamente. Militaba en la “organización” de comedores infantiles. Lo que es decir, se las ingeniaba para manguear, aquí y allá, unos kilos de fideos, cebollas, polenta y papas para la comida diaria de los chicos. Pocho era uno de los miles de militantes sociales de resistencia que emergieron en esos años, con la garganta al rojo vivo en el grito de justicia social, y las manos, y el cuerpo diario en la militancia de supervivencia de identidad cultural. Que solo podía asumirse en la carne común de la solidaridad. Esos años de claudicación vergonzosa de “la clase” política nativa. Esa clase obscena, bruta y brutal, incapaz de comprender la extrema postergación nacional a la que ayudaron. Cobarde al pensamiento autónomo, y obscenamente servil al pensamiento único, cipayo y represor. Una “clase” que no vió (o lo vió y miró para otro lado), a los miles de Pochos que poblaban las calles de la autodefensa de la dignidad humana. En comedores, cooperativas, bloqueras, hornos de pan, fábricas recuperadas, trueques, mercados solidarios. En piquetes con palos (sí, para hacerle frente a los represores) en legítima defensa de la dignidad humana; y de capuchas (sí, para evitar las fotos policiales, con las cuales, luego, los buscaban, hostigaban y apresaban).Con una bicicleta eterna, Pocho va de un comedor a otro. Visita a algún compañero. Lleva en su espalda una mochilita desteñida y ligera: un par de cebollas, medio paquetito de fideos y un poco de yerba. Para hacer unos mates rápidos, o compartir un plato magro entre compañeros.  Pocho hace, diariamente, dos cosas, sin saberlo (o si lo sabía, poco le importaba desparramarlo en debates y abstracciones). En su cuerpo presente, aquí y allá, con los chicos siempre, hace socialismo social, de ése que no figura más que en la incertidumbre, la angustia y la creatividad de la praxis solidaria cotidiana, y que poco importa su teorización académica. Tres kilos de fideos repartidos por partes iguales entre todos, alrededor de la mesa larga destartalada. Ni una más, ni una menos. No alcanza. Nos quedamos con hambre. Entonces, todos tendremos el mismo hambre. Ni uno más, ni uno menos. También con su cuerpo presente, vivaz y juvenil, Pocho hace peronismo cultural de resistencia. Este tampoco figura mucho en los libros. Se hace en la marcha esquivando el barro y los charcos. Un plato de fideos es lo que tenemos hoy. Pero otros tienen más y Ellos no son más que Nosotros. Son iguales. Nosotros, como Ellos, tenemos dos brazos, dos piernas, una cabeza y pensamos. Repartirlo de otra forma, es justicia social. Comamos estos fideos ahora, pero no lo olvidemos. Repartirlo de otra forma es nuestro derecho. Es un derecho de NosotrosQuiere decir, más para Nosotros, que no tenemos nada. Los chicos comen en el comedor. Mediodía de calor rosarino abrasador. 19 de diciembre de 2001. El país en desobediencia civil generalizada.  Balaceras y uniformes negros corriendo, entrando, apuntando y tirando plomos a las casas de las villas. Pocho se sube al techo. “Hijos de puta, no tiren que hay chicos comiendo!!!”. La bala de Itaka le llegó directa a su traquea. Ese lugar del cuerpo que dá vida, como recurso médico extremo. Y de donde salen los gritos humanos más fuertes. Los que piden dignidad humana. Pocho no tendrá más su cuerpo presente en los comedores. No llegará más en bicicleta con sus bolsas de fideos y polenta. No llenará más platos, con el cucharon machucado y su sonrisa, eterna, como su bicicleta. No tomará más mates entre compañeros, preguntándose dónde conseguir comida para los chicos. Ahora, su cuerpo está tendido sobre la chapa ardiente del techo. Las canaletas oxidadas de la chapa llevan sus hilos de sangre que caen y riegan la tierra de la villa. Su larga melena de Cristo es un amasijo de color rojo y dorado. Pero vive.

Este post, centrado en Pocho (militante de mi ciudad natal), es también un humilde e incompleto homenaje al coraje, valor y dignidad de los compañeros y compañeras militantes de la dignidad humana que murieron en las represivas y cobardes horas del 19 y 20 de diciembre de 2001. A diez años, los recordamos a todos y a todas. Con tristeza. Pero con el reconocimiento vivo a sus luchas y a sus inmensos legados ideológicos de resistencia popular.

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Biblioteca Pocho Lepratti

http://www.bibliopocholepratti.org.ar/

Un video donde habla Pocho

http://youtu.be/TNxAemk0xT4

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